Director: Chandrakant Desai. Con Dara Singh, Biswajeet, Shashi Kapoor, Moushumi Chatterjee y otras gentes de nombres rarísimos. Color. India, 1976
De todo hay que conocer en esta vida para poder hablar; bien saben ustedes de mi preferencia por la cosa viejuna -vintage, me dijeron que se dice ahora;no lo entendí bien y solicité un ejemplo: vintage es usted, me respondieron sin aclararme nada-, mas no quiere eso decir que no sea capaz de apreciar películas modernas, máxime si derrochan gracia y donosura, y todavía más si como en este caso hay primate protagónico, abundancia de taparrabos y trasfondo mitológico. Mezcolanza contranatura de la que sólo los hindúes podrían salir airosos...
No sé si conocen ustedes los usos del cine de Bollywood: esa manía que tienen de ponerse a cantar cada diez minutos, su nula prisa a la hora de contar una historia, los repartos llenos de barbacias, melenas negras y turbantes de colores; en fin, esas diferencias nada accesorias que les convierten en muestras de un universo regido por otros parámetros por completo ajenos a los que Occidente nos tiene acostumbrados.
Mas nadie se asuste. Por lo menos no con este Bajrangbali, capaz de mantener boquiabierto al espectador durante sus más de tres horas de metraje. Que pasan en suspiro, todo sea dicho, y es que va el asunto de mitología y religión, primigenias formas del fantástico. Nada que ver con los antípaticos rigores y austeridades de cristianos y musulmanes: oropel y sobrepeso conforman una estética de la abundancia y el goce, canto al exceso en las antípodas de la lúgubre mortificación tan del gusto de curas, ulemas y demás cenizos. Las andanzas de Hanuman el Mono, hercúleo, piadoso y más simple que un botijo, son la materia a tratar. Materia de honda tradición literaria, compartida con los chinos, y de imaginación prolífica y festiva. Servidor de dioses de bigote y peinado imposibles, habitantes de un Olimpo embriagador, Hanuman el Mico Semidiós es devoto creyente en la dialéctica del cachiporrazo, que aplica con la colosal maza que le acompaña en su camino por esta tierra de purpurina y cartón piedra.
Porque hay que ver cuánto gustan por aquellos pagos las lentejuelas, los dorados, los colorines; tanto, que acaban por convertirse en la razón de ser de este filme insólito y pasmoso. Auténtico festín sensorial condimentado a base de canciones, efectos especiales de a peseta, luces psicodélicas, disfraces y decorados llegados directamente de Otro Mundo. Que puede que esté en este, según dicen los mapas, pero que desde luego no es el nuestro.





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