viernes, 24 de febrero de 2012

Zoo in Budapest


ZOO IN BUDAPEST
Director: Rowland V. Lee. Con Gene Raymond, Loretta Young, O. P. Heggie y decenas de fieras y animales. USA, 1933
Muchas películas han desfilado por aquí -ustedes saben de mi debilidad por ellas- rodadas en jardines más o menos asilvestrados que invariablemente intentan hacerse pasar por auténticas selvas vírgenes; tal es el hábitat natural de todo tarzánido que en el celuloide ha sido. Lo que resulta mucho más insólito es que como sucede en este filme el espectador vea en efecto una inacabable selva donde el realizador nos muestra, sin esconderlo, un zoológico de verdad.
Y es que Zoo in Budapest es obra singular donde nada es lo que parece, rara perla en la que la realidad adquiere por obra y gracia de una dirección extraña y una fotografía prodigiosa, una dimensión fantástica nunca expresa pero así sentida desde un principio. No en vano su responsable es Rowland V. Lee, a quien todos debemos agradecer perlas del calibre de la expresionista Son of Frankenstein, la macabra la Torre de Londres o esas apoteosis de la aventura decimonónica que son El Conde de Montecristo y El hijo de Montecristo.

Toda la acción transcurre en un zoo donde reside acogido Zani, mocetón atlético que nunca ha traspasado las barreras del jardín, donde se encontrará con la virginal Loretta Young, una huérfana escapada del Hospicio para evitar ser vendida, y con un niño perdido aterrorizado ante la llegada de la noche. Sin que nadie nos lo diga, comprendemos en seguida que el zoo es el Otro Mundo, realidad paralela a salvo de las amenazas de esta sociedad civilizada y hostil donde nos ha tocado vivir.

Lo salvaje, lo irracional, lo fantástico como oposición a lo cotidiano. Animales, sombras, artificiales lagunas, escenarios trascendidos que trasmiten cualidades poéticas de alto nivel como raras veces el ojo del cine es capaz de dar: si acaso en algunos títulos de Renoir, Ptshuko, Murnau o aquellas secuencias de la huída río adelante de la prodigiosa La Noche del Cazador. Magia al alcance de solo unos pocos.
Magia, digo, que no desdeña la acción, como manda su calidad de producto menor de un gran estudio: perseguido por multitudes con antorchas, como corresponde a su calidad de criatura de la Otredad; mutado finalmente en doméstico Tarzán, Zani alcanzará la redención al salvar de las fieras al extraviado niño, en secuencias visualmente poderosas donde elefantes, felinos y antropoides se dedican a destrozar cuanta jaula y barrote se les ponga por delante. Lo que no es de extrañar, siendo como es este filme sencillo e insólito canto puro, en las antípodas de cualquier cursilería, a la libertad y el goce de vivir, pese a quien pese...

jueves, 16 de febrero de 2012

El Hombre Invisible contra los Nazis

INVISIBLE AGENT
Director: Edwin L. Marin. Con Jon Hall, Ilona Massey, Peter Lorre, Sir Cedric Hardwike. USA, 1942

Ya se acordarán ustedes que cuando aquello de la Segunda Guerra Mundial los personajes de ficción se pusieron a dar coscorrones a nazis y japoneses de los que incordiaban a sus públicos. El Hombre Enmascarado perseguía nipones por sus junglas, Tarzán enfrentaba en celuloide invasores germanos, Flash Gordon combatía futuristas fuerzas del Eje y hasta el Príncipe Valiente derrotaba a los hunos venidos de tierras bárbaras. Hoy que los alemanes son por fin dueños de Europa ya no tenemos héroes que vayan a la lucha: solo cabe apechugar con sus económicos varapalos como si de órdenes del mismísimo Führer se tratasen.
Se ve que en 1942 el talante era muy otro. Recién entrados los Estados Unidos en el lío, Hollywood puso a sus criaturas al servicio del ejército. Los monstruos del Sacro Panteón de la Universal poco podían en este sentido hacer: cuesta imaginar a Frankenstein, Drácula o el Hombre Lobo comportándose con el ápice de sentido común que el combate militar exige. Mas no todo iba a ser reposo: el Hombre Invisible, más cabal que sus compadres, allá que marchó a lucir el uniforme haciendo de agente secreto en la cuarta de las secuelas del filme de Whale.
Es este Invisible agent pura pirueta pulp, descenso de los altares de lo extraordinario a las llanuras de la acción pura. De la mano del guionista San Curt Siodmak, el de El Hombre Lobo, Frankenstein meets the Wolfman, La bestia con cinco dedos, La mujer y el monstruo, La novia del gorila, Tarzán y la fuente mágica, Curucú la bestia del Amazonas y diez mil glorias más del fantástico y la serie B, el nieto del Hombre Invisible original es lanzado sobre Alemania en misión secreta. Ha de contactar con Ilona Massey, agente británica que frecuenta la compañía de jerarcas nazis de bigotillo ridículo, rescatarla y llevarla de vuelta a la Gran Bretaña. Lo que se sigue es historia trepidante y hasta jocosa, entre germanos tontorrones y lúbricos, persecuciones, combates y delirantes efectos especiales del mago John P. Fulton, que una vez más pone al Invisible a fumar, comer o quitarse las ropas, esas cosas que los fans siempre aplaudimos a rabiar.

Dos malvados de quitar el hipo son los encargados de chinchar al héroe Jon Hall y aportar el imprescindible toque siniestro: Pedro Lorre el grande, haciendo como siempre el perturbado, sádico aristócrata japonés compinchado con Sir Cedric Hawdike, uno de los villanos con más clase que han dado las prolíficas Islas Británicas, (papá por cierto del actor que hiciese de Watson en la serie de Sherlock Holmes de Jeremy Brett), que hace aquí de jefazo de la Gestapo con su eterna mueca de superioridad y asco asomando en el pétreo rostro.
A mí, ya lo saben, todas estas secuelas de los grandes títulos de la Universal, pobres, carentes de la grandeza poética de las primigenias, sin pretensiones, medio locas, bien hilvanadas y contadas con alegría son algo que me hace perder el oremus, por muy mala fama que gocen en las historias oficiales del género, por eso procuro no perderme ni una. Que desdeñar el placer ha sido siempre el más imperdonable de todos los pecados.     

domingo, 5 de febrero de 2012

Raffles el apócrifo

EL REY DE LOS LADRONES

No sé hasta qué punto Sir Arturo Conan Doyle se llevaría bien con uno de los cuñados que en suerte le tocaron, don Ernesto Guillermo Hornung, siendo como es esto de la parentela política asunto siempre peliagudo. Quiero pensar que banquetes y celebraciones familiares estuvieron en su caso amenizados por la rivalidad literaria a que sus personajes les condujeron: Monarca de Detectives uno, Rey de  Ladrones el otro. 
Aún cuando la fortuna de Raffles, el ladrón de guante blanco creado por Hornung, nunca llegó a alcanzar la del inmortal Holmes, grande fue también su fama. Como Holmes, tuvo Raffles nutrida prole, con el francés Arsenio Lupin como su más distinguido descendiente; como sucediese con el inquilino de Baker Street, no faltó quien tomase su nombre y le pusiera a correr aventuras apócrifas. En concreto los mismos avispados teutones que ya hicieran lo propio con la criatura de Doyle, tal como les conté ya AQUÍ. Vayan y repasen los datos...   

Obligado el astuto editor alemán a cambiar el nombre de su personaje, pronto pasó éste a llamarse Lord Lister, conociendo con este nombre inmensa fortuna desde que en 1908 apareciese por vez primera. Aquí los fascículos fueron editados hacia el final de la Primera Gran Guerra por la casa de folletines F. Granada & Cía., con las mismas cubiertas geniales y anónimas de la edición original. Imágenes que como muy pocas conservan congelado todo el sabor fuerte y delicioso de lo que hoy llamamos folletinesco.  

Digan si no en qué otro medio se puede encontrar semejante despliegue de escenas extraordinarias con un tratamiento plástico, gran paradoja, tan canónicamente clásico. Hombres cuyo suelo cede bajo sus pies, cometas que surcan la noche, espiritistas que hacen llover flores del cielo, catacumbas repletas de esqueletos, enanos que aparecen desde el plano astral, enmascarados que saludan a lomos de elefante, mujeres aterradas, hasta sacerdotes del Sol intentando llevar a cabo sus inmundos sacrificios. Toda una cara oculta del buen orden burgués que en su extravagancia estas portadas dinamitan; estética del reverso de un mundo rígido e ilusorio condenado a perecer bajo los lodos de Verdún...