jueves, 10 de mayo de 2012

Freixas en la India Misteriosa

DON EMILIO Y EL MODERNISMO HINDÚ

Si existiera en esta tierra asomo de justicia, lo que nunca ha sido, la mitad de capitales contarían con una calle dedicada al dibujante Emilio Freixas, último de los modernistas, cartógrafo minucioso del Universo Feérico, pincel preciso de elegancia exquisita y barroca como pocas en el mundo hubo.
Ya hace algún tiempo les mostré AQUÍ MISMO sus relaciones con los monstruos, criaturas cuya esencia es la fealdad, tan contraria a sus modos estéticos.

Es el de Freixas modernismo tardío, postrero casi, hijo de la escuela catalana de primeros de siglo. De abierta vocación popular, siempre su obra se dirigió hacia las masas, buscando la máxima difusión y huyendo de lo elitista. Seguramente es por eso, por esa dedicación a lo que con un deje de altanería denominan artes menores, por lo que la crítica oficial le ha negado siempre el pan y la sal. Menuda majadería.










Hacia 1947 viajó hacia la India, de la mano del editor Pablo Molino, tras haberlo hecho por el Japón, Bohemia y Escandinavia. Molino, Rey del Pulp Español, hizo honor a su nombre imprimiendo siempre en papeles porosos, con tintas inciertas en las que los negros nunca llegaban a serlo, soportes muy dados a ser comidos por el tiempo hasta adquirir tonalidades amarillo-viejunas. O sea, lo menos indicado para que el arte de don Emilio brillase como debiera. Y aún así...



Es este Indiairreal, como debe ser. Mundo de lánguidas princesas, arquitecturas imposibles, turbantes colosales, vestiduras cuajadas de joyas, mobiliarios de pedrerías. Aves parlantes coronadas, paladines efébicos de luna y estrella en el rostro, dioses extravagantes y esplendorosos, peces gigantes y mujeres hechas de plumas y gasas.
País soñado, esencia de lo que por Occidente consideramos lo Exótico. Personalmente, adoro visitar estos lugares freixianos con asiduidad. Espero que a poco que su gusto sea algo cultivado, no deje de ocurrirles lo mismo...

viernes, 4 de mayo de 2012

Fog Island

FOG ISLAND
Director: Terry Morse. Con George Zucco, Lionel Atwill, Veda Ann Borg, Jerome Cowan, Ian Keith. U.S.A., 1945
Hala, se dirá más de uno entre ustedes: ya está otra vez el Abuelito dando la tabarra con otro de esos filmes sólo aptos para fans, del año de la nana y repleto de actores de los que veneran él y cuatro chalados más de su misma cuerda. Razón puede que no les falte, mas despreciar producciones menores tan disfrutables como esta no dejaría de ser un craso error. No hay cine para fans: hay cine entretenido y bien hecho y otro que es tostón y cenizo. Y esta Isla de la Niebla, mal que les pese, pertenece a la primera categoría.
Cierto que es festival de actores, de aquellos secundarios habituales de la serie B genuina capaces con su sola presencia de animar cualquier función, de aportar credibilidad a lo inverosímil, de interpretar sin parapadeo lo que les echen. Verdaderos maestros, qué quieren que les diga, modestos y solventes como nadie. Ahí están los dos grandes gentlemen británicos, George Zucco y Lionel Atwill, cuyas virtudes nunca me cansaré de glosar; la bella y gélida Veda Ann Borg, dama de la serie negra de reducido precio; Ian Keith, el actor elegido en principio para personificar a Drácula, desbancado por San Bela Lugosi; o Jerome Cowan, melifluo y gomoso, uno de esos rostros de fino mostacho y reptilesco ademán, malo habitual frente a Sam Spade, el Santo y otros paladines de la Era Pulp.
Es Fog Island policial gótico, mezcolanza muy de mi gusto, con mansión aislada -en una isla, literalmente-, pasadizos, criptas, telarañas y trampas mortales, casi una sucursal en pobre del clásico Diez negritos. Como en aquella, involuntarios huéspedes conviven en un caserón, mirándose de reojo para ver quién es el primero en largarse violentamente al Otro Barrio. Gente elegante, fina, de la que viste de etiqueta para cenar. Y es que esta alianza de la educación con la villanía es combinación difícil de resistir para quien les habla.
Y en eso nadie gana a Lionel y a Zucco, enzarzados en duelo mortal, capaces ambos de mantener sus modales mientras apuñalan, estrangulan o amenazan a sus víctimas. Todo antes que perder la clase, algo de lo que por fortuna van sobrados. Una hijastra inocente, un pipiolo, una medium con turbante, un siniestro mayordomo y un grupo de financieros son los invitados a la enrevesada trampa que el resentido Zucco ha preparado y de la que no se librará ni el apuntador.
Bien merecido lo tienen, qué caray, que para eso son gentes de orden de las que no pierden la compostura mientras asestan la puñalada trapera, como acostumbran a hacer banqueros, leguleyos y otras rapaces criaturas de despacho, ya lo habrán experimentado en sus carnes todos ustedes.
Una realización sencilla, que no plana, sobria, sin alardes y estrictamente funcional, hábil a la hora de crear la necesaria atmósfera y precisa como pocas para no aburrir en ningún momento al espectador. Ya les digo, conformarse con llamarlo filme sólo para fans es hacer flaca justicia a cine tan refrescante como este. Y quien no lo entienda así, que se pregunte de dónde le viene tal cortedad de miras...